martes, 27 de junio de 2017

Purificación.


Todos pasamos alguna crisis existencial. Unas paredes tan solo se tambalean y otras, en cambio, se desmoronan. Dependiendo de lo fuerte que seas acabarás sosteniendo la pared con el peso de tu espalda, con las palmas de las manos mientras el cemento se desprende o directamente soltarás todo el peso de golpe. ¿Hasta qué punto debemos hacer fuerza para sostener algo que parece merecer la pena? Y digo “parecer” porque, una vez dentro del agujero negro, no hay Dios que te haga ver ni el vaso medio lleno, ni la luz al final del túnel. Dejas de confiar, acabas volviéndote paranoico, asientes, actúas y te mueves con torpeza al compás del resto, sin opinión y normalizando hechos que deberíamos tratar con más justicia. 


Señores, me está saliendo una úlcera vital, algo que no se ve pero si se siente. En ocasiones me palpitan las sienes, otras me tiemblan las piernas. Sé cuál es la salida de emergencia pero ¿cuándo se está preparado para rendirse? Levanté el puño en clara señal de lucha contra mí mismo porque dijeron que debía cambiar. Y ahora es cuando debería lanzar ese puño contra la mesa y gritar bien alto ¡Imbéciles! ¿Cuándo dejasteis de ver personas?  

Y sacarme bandera blanca para decir en voz alta “no estoy bien”. Pronunciarlo. Verbalizarlo. Y salir de aquí. Limpiarme la herida. Empezar de cero. Y aprender. A quererme, eso también. 

domingo, 4 de junio de 2017

Pilar.


Es la primera vez en mucho tiempo que me asomo a vuestra habitación a primera hora de la mañana. Ojeo. Tanteo el terreno. Siempre es duro ver una cama de matrimonio desecha solo a medias. Tu parte, impoluta, es respetada y ni las sabanas ni la colcha han sufrido el mismo desgaste físico que el evidente lado derecho.

Entro de puntillas, cierro la puerta y me sumerjo en la cama. Aspiro el olor de la rutina, a campo y soledad, y miro el despertador. Solo han pasado dos años. Tic tac. Sólo han pasado dos años. Tic tac. Recuerdo entonces aquellos veranos en los que el abuelo madrugaba y dejaba su hueco libre. Recuerdo hacer el mejor abordaje del mundo mientras tú disfrutabas de unos momentos más de paz antes de empezar el día. Y allí, adormilada,  disfrutabas de nietas tanto como nosotras disfrutábamos de ti. No recuerdo nuestra edad ni las conversaciones que tuvimos en aquella época, tonterías, supongo, que sea como fuere nos hacían felices. Tic tac. Vuelvo de nuevo en sí. La luz se cuela por las persianas y resbala entre mis piernas. Tic tac. Me quedaría allí toda la vida.

“Los muertos no nos necesitan, lo muertos ya están descansando. Son los vivos los que nos necesitan” le decía Herminia a Antonio hace unas semanas. Ya, pero yo te necesito a ti. Tic tac. Se está haciendo tarde. Tic tac. Has emprendido el viaje más largo de tu vida y no hay billete de vuelta a casa. Tic tac.

Me escurro entre las sábanas, salgo como entro, de puntillas y entorno la puerta. Ahí está la señal. El nudo en la garganta que indica que una retirada a tiempo es a veces el mejor de los triunfos.

Volveré. 
Y tu lado de la cama seguirá como hasta ahora.
Esperando que regreses.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Alma.


Me vino a decir que antes de buscar un trabajo común con el que conformarse en la vida quería probar suerte y hacer sus sueños realidad. Me dijo que quería ser libre y que haría lo posible por conseguirlo

Sabía que llevaba razón. Lo banal se había convertido en el objetivo de una carrera de fondo en la que luchar por algo que realmente te gustaba no tenía cabida. Consigue un trabajo. Independízate. Ten un perro, o un gato. Cualquier mascota estará bien. Cásate. Ten hijos. Edúcalos. Y sigue trabajando. Hasta que te jubiles. Si lo consigues.

Tal vez la magia de la existencia estaba ahí. En pensar que no bastaba con leer la teoría de que “vida no hay más que una” sino en sentirla como tal. Él hacía que esto fuera posible. O tal vez estaba equivocada y la magia fuera él empujándome a vivir. Fuera como fuese siempre me pareció valiente. Una valentía que merecía la pena conocer y saborear. Me pregunté cuántas personas había conocido así en el mundo. Me basto una mano para contarlas y me sobraron dedos.

Él y qué suerte la mía.