martes, 27 de junio de 2017

Purificación.


Todos pasamos alguna crisis existencial. Unas paredes tan solo se tambalean y otras, en cambio, se desmoronan. Dependiendo de lo fuerte que seas acabarás sosteniendo la pared con el peso de tu espalda, con las palmas de las manos mientras el cemento se desprende o directamente soltarás todo el peso de golpe. ¿Hasta qué punto debemos hacer fuerza para sostener algo que parece merecer la pena? Y digo “parecer” porque, una vez dentro del agujero negro, no hay Dios que te haga ver ni el vaso medio lleno, ni la luz al final del túnel. Dejas de confiar, acabas volviéndote paranoico, asientes, actúas y te mueves con torpeza al compás del resto, sin opinión y normalizando hechos que deberíamos tratar con más justicia. 


Señores, me está saliendo una úlcera vital, algo que no se ve pero si se siente. En ocasiones me palpitan las sienes, otras me tiemblan las piernas. Sé cuál es la salida de emergencia pero ¿cuándo se está preparado para rendirse? Levanté el puño en clara señal de lucha contra mí mismo porque dijeron que debía cambiar. Y ahora es cuando debería lanzar ese puño contra la mesa y gritar bien alto ¡Imbéciles! ¿Cuándo dejasteis de ver personas?  

Y sacarme bandera blanca para decir en voz alta “no estoy bien”. Pronunciarlo. Verbalizarlo. Y salir de aquí. Limpiarme la herida. Empezar de cero. Y aprender. A quererme, eso también. 

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