jueves, 2 de noviembre de 2017

Belén.

Descubrí  que había normalizado la situación cuando empecé a contar años hacia atrás mientras me soltaba el pelo al llegar a casa como cualquier día y no conseguía recordar la cifra exacta. Fue hace tanto tiempo que él mismo se ha encargado de borrar el recuento que te ves capaz de hacer cuando acaba de ocurrir. Y la primera vez repites “un año sin ti”. Dos. Tres. Cuatro. E inconscientemente dejas de recordar cuántos y solo sientes que hace mucho  tiempo algo se rompió. Y vuelve la sensación de eco. Cómo cuando tomas gas de la risa y parece que el mundo se está disolviendo. Con la diferencia de que no hay risa que valga y lo único que resuena en tu cabeza es ¿Por qué tú?

Tú que me querías pero te dejaste llevar.

Y te desvaneces en la sensación de irrealidad hasta que alguien te golpea en el hombro y te dice “Lo siento”. Y no comprendes porque delante de ti hay una persona extraña diciendo que lo siente, que te acompaña en el sentimiento. Pero te han dicho que el respeto nunca hay que perderlo y simplemente eres capaz de decir “Gracias” en un murmullo de odio. Lo odias por tener la suerte de volver a casa pensando en su próxima cena.

Vuelve en ese mismo eco su olor y la ansiedad que te producía coger su ropa y esnifar su ausencia. Retumba en tu cabeza el cómo dolió. Y recuerdas lo mucho que costó abrir el armario y sacar sus camisas, elegir qué debías guardar en cajas para alimento del polvo y qué debías tirar a la basura después de tantos años de amor.

Hogar era abrazarte por las noches. 


Descubrí  que había normalizado la situación cuando empecé a contar años hacia atrás mientras me soltaba el pelo al llegar a casa como cualquier día, sin el consuelo de recibir el abrazo de bienvenida y siendo consciente de que sonreír es un precio demasiado duro que no estoy dispuesta a pagar todavía. Porque hogar ahora es una cama con un cojín del tamaño de una persona, que al menos me calienta por las noches, pero que me recuerda que la vida sigue siendo una hija de puta. 

domingo, 27 de agosto de 2017

Frida.

Todo el mundo tiene una lista de pendientes. 
Los que se hacen llamar a sí mismos fieles. 
Los que prometen y cumplen sus promesas, también. 
Incluso los que intercambian palabras, anillos y un sí quiero. 

Lo que queda pendiente, 
indudablemente, 
queda bajo la responsabilidad de uno mismo y de la conciencia del que:
“quiso pero no pudo”,
“quiso pero era demasiado tarde”,
“quiere pero no debe”, 
y "puede pero no quiere". 


En mi lista de pendientes tengo:
unos ojos entrecerrados, 
creados de la sonrisa más bella del mundo.  
La mejor ataraxia destilada en alcohol puro.

Una mujer con diferente ADN pero idéntica forma de ser, 
que recorre mundo, 
que odia y quiere a partes iguales. 
A mí también me rompieron el corazón un par de veces en la vida, 
aunque a ti se te olvidó preguntar.

Una joven que siempre vio el vaso vacío, 
ni medio, 
ni repleto, 
siempre desocupado. 
Que dejó de llenarlo 
y se le olvidó contar con lo positivo de lo bueno que se le dio.

Un joven con la autoestima baja y el corazón palpitante de ganas.
De querer.
De sentir.
Ella no es para ti, 
aunque eso tú aún no lo sabes. 
Las manos van al pan, 
hasta que se cansan de amasar.

Y a ti, maldito, 
decirte a la cara lo estúpido que has llegado a ser. 
Por olvidarte de que existen otros tipos de amor.

Al final todo, 
siempre, 
se resume en eso.

lunes, 31 de julio de 2017

Zahira.


Me llamó vértigo. Lo pronunció como si cada sílaba desgarrará un poco más la idea preconcebida de que aquello no tendría un final. Asimiló en aquellos segundos que angustia y dolor eran directamente proporcionales y que mientras él había querido multiplicar yo decidí dividir. Imploré que aquello acabase pronto y reprimí mi impulso de dejarlo allí sin pena ni gloria a la espera de un final menos amargo para él pero igualmente insípido para mí.

Arrastró entonces sus pies hacía mí. Deambular de un lado a otro no resolvería nada. Me miró fijamente. Me miró como si fuera la última vez. Él sospechaba que lo sería, yo lo sabía a ciencia cierta. En la radio comenzó a sonar “Not today from”. Que fácil hubiera sido quererte, pensé. Hubiera sido tan cómodo dejarte entrar y cerrar la puerta tras nosotros, que hubieras colocado tu cepillo de dientes en mi baño y haber paseado los domingos de la mano. Tan sencillo como decir “esta vez sí”.

Volví en mí.

- ¿Vértigo?- Pregunté.
-  Inexplicablemente me sentí atraído hacía ti y tu extraña manera de pedir un cigarro. Sujetabas 6 libros tan solo con dos manos, correteabas de un departamento a otro y poco más pude ver además de tus ojos haciendo fuerza para sostener todo aquel conocimiento en forma de papel.  Deje de tener equilibrio por mí mismo porque, al igual que tus libros, comenzaste a sujetar mi cuerpo entre tus manos. Mi vida nunca ha pendido de ti pero mi sonrisa comenzó a tener sentido desde el momento en que observé tu cuerpo bailar al ritmo de “The Night We Met” durante aquel concierto de versiones acústicas en la Campana de los Perdidos. Porque nunca entendí como alguien podía ser capaz de moverse al compás de una melodía tan pausada de la forma tan hipnótica y delicada cómo lo hiciste tú. Has creado en mí la sensación de libertad cuando en realidad nada de lo que yo había imaginado ha existido nunca. Has sido el peor de los vértigos que he sufrido.

Acaricié su mejilla porque, sorprendentemente, en aquel momento sentí la necesidad de decirle a través del contacto que todo saldría bien.

- Ante los vértigos recomiendan mantener los ojos cerrados. – Añadí intentando poner el lado cómico a aquel debate con un solo participante.
- Cerrar los ojos significa perderte.

No supe que decir. La gestión de mi vida personal había sido una desastre hasta el momento. Esto era tan solo un funeral más. Lo besé. Lo besé por pena, por miedo. Lo besé con ganas. Misteriosas ganas. No deberían existir los últimos besos, al menos no aquellos que sabes con certeza que lo son.

Me aparté con delicadeza.

- Los vértigos conforme llegan se van. A veces tardan unos días, en otros casos semanas. Siempre lo supiste.

Recogí mis libros con rapidez y emprendí la vuelta casa. Al igual que el último beso también existió el último “date la vuelta por favor” entre dientes.

Nunca volví la mirada.