Todos pasamos alguna crisis existencial. Unas
paredes tan solo se tambalean y otras, en cambio, se desmoronan. Dependiendo de
lo fuerte que seas acabarás sosteniendo la pared con el peso de tu espalda, con
las palmas de las manos mientras el cemento se desprende o directamente
soltarás todo el peso de golpe. ¿Hasta qué punto debemos hacer fuerza para sostener
algo que parece merecer la pena? Y digo “parecer” porque, una vez dentro
del agujero negro, no hay Dios que te haga ver ni el vaso medio lleno, ni la luz al final del túnel. Dejas de confiar, acabas volviéndote paranoico, asientes, actúas y
te mueves con torpeza al compás del resto, sin opinión y normalizando hechos
que deberíamos tratar con más justicia.
Señores, me está saliendo una úlcera vital, algo que no
se ve pero si se siente. En ocasiones me palpitan las sienes, otras me tiemblan
las piernas. Sé cuál es la salida de emergencia pero ¿cuándo se está preparado
para rendirse? Levanté el puño en clara señal de lucha contra mí mismo porque
dijeron que debía cambiar. Y ahora es cuando debería lanzar ese puño contra la
mesa y gritar bien alto ¡Imbéciles! ¿Cuándo dejasteis de ver personas?
Y sacarme
bandera blanca para decir en voz alta “no estoy bien”. Pronunciarlo.
Verbalizarlo. Y salir de aquí. Limpiarme la herida. Empezar de cero. Y aprender.
A quererme, eso también.
