viernes, 18 de diciembre de 2015

Judith.


Que los bloqueos sentimentales ahora son menos frecuentes.
Que sigo llorando ocasionalmente cuando nadie me escucha.
Si me ven, se muerden los labios.
Sé que te prometí acabar con aquello.
Pero tú prometiste no marcharte nunca.
Y  he vuelto a soñar contigo.
Aparecías de la nada y yo, incrédula, te preguntaba  qué hacías allí.
Sonreías.
He venido para ver que tal estáis.
Respondías mientras nos abrazabas.
Mientes.
Has venido porque nos echas de menos.
Lo sé.
Tanto como nosotros a ti.
Vuelve a casa.
Por navidad, como dicen en la televisión.
Regresa, por favor.
O al menos antes de que vuelvas a irte de nuevo.
A marcharte.
A desaparecer.
Antes de que te olvides de mi.
Recuerda que sigo aquí echándote de menos.
Y que te quiero.
Eso, por encima de todo.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Anouk.


Volvía noviembre con su espesa niebla y su temida soledad. De nuevo volvíamos a pasear por el undécimo mes del año con las manos suplicando una taza de chocolate caliente y un poco de compasión.

Fueron meses duros. Fueron días terribles en los que apagar el despertador suponía sacar una fuerza titánica de donde no la había. Los médicos siempre dicen que debo comer más, que peso muy poco, que no tengo músculo. Tal vez por eso para mí suponía tres veces más duro que para el resto seguir con vida. Levantaba la palma de la mano con el verbo “debes” y apagaba el móvil con las palabras “tener que”. Caminaba porque debía hacerlo. Respiraba porque no había más remedio.

Ahora que me observo de reojo y a lo lejos, solo puedo ver heridas profundas sin cicatrizar y la perspectiva de un futuro con tropiezos imposibles de detener. Supongo que eso es lo que hace de la vida un lugar inhóspito a la vez que bonito. La soledad de enfrentarte a tus mayores temores con la espada de la actitud y la certeza de que al volver a casa siempre estarán ellos. Las personas a las que quieres con un abrazo y un millón de palabras que solo significan un “tu puedes” rebosante de amor. Porque tal y como está el mundo, así de loco e injusto, soy afortunada.

Le cojo de la mano y sonrío. Me tapa con nuestra manta favorita.

Dormir a tu lado mamá, ahora que el mundo te roba la vida en un disparo intencionado, me parece lo más valioso del mundo.

El resto de problemas, bah.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Zahara.


No es que me guste ir en el asiento que va hacia atrás en el autobús, es que soy una antisocial en mis días de chubascos. Me he sentado en un rincón, puesto las gafas de sol y cerrado los ojos con rapidez. Voy de camino a la depilación laser, ¡y como duele joder! Quién diga lo contrario se equivoca. En esos días de nubes y claros esas pequeñas cuchilladas se soportan con algo de dignidad. En los días de chubascos cierras los parpados con fuerza y te cagas en la pobre mujer que solo está haciendo su trabajo. Abro los ojos y ahí está, el reflejo de un cuerpo escombro. No en ese sentido joder, me refiero a que estoy destruida. Y me fijo, de repente,  en las comisuras de mis labios, en lo tristes que están. Pobres comisuras. ¿Alguna vez les hemos preguntado que tal les va? Ahí las tenemos, sometidas a una dictadura feroz,  obligadas a crea un ángulo curvo dirección al subsuelo cuando nos sale del pinrel. Me pongo los auriculares, suena “Caída libre” y recuerdo aquella noche en Casablanca. El dj “hipster” de aquel local de moda trataba de poner míticos temazos mientras el resto ahogábamos nuestras penas en mojito de cerveza. Supersubmarina sonaba cuando le pedí entusiasmada “Bailarás mi rubia para mí”. Momento mítico también el de mi cara de póker cuando soltó por esa boquita “¡Pero si  E S A  es muy lenta!  

Ese tío  C L A R A M E N T E  no sabía (ni sabe) que Yola mola mil. Y sonrío. Hay canciones capaces de salvar vidas. Y días.

He llegado sin darme cuenta a la puerta, una pareja de ancianos que ronda los 85 años como mínimo intenta acceder al interior mientras se colocan las muletas correctamente. Madre mía, ¿qué probabilidad hay de que no se la peguen?. Sujeto la puerta y les acompaño al ascensor. El hombre casi sin aliento dice “Hoy utilizo el ascensor pero todas las mañanas subo andando hasta el tercer piso”. Flipo en colores y respondo “¡Pues ya hace usted más ejercicio que yo!”. Sonrío. Sin previo aviso escupe por su boca una bala, un órdago en el mus.

-          - Cincuenta y dos escalones ni más ni menos.

“Coño, pero si prácticamente no puede andar.” Salen de ascensor, la puerta se cierra. Mierda, ya está aquí la lección del día. Tarareo “Y saldrá de nuestra flaqueza, energía que no teníamos.” y sigo caminando. Las comisuras de mis labios llaman a la puerta, me piden permiso para sonreír, y yo amablemente les respondo:

-         -  Adelante, mañana será otro día.